jueves, 3 de febrero de 2011
Willie Rompedientes.
En algún pueblo fantasma Muriel Estornudo que siempre mira al sol sin abrir página de su hamburguesa y que siempre sus brazos apuntan hacia mí pero sin señalar busca la mirada de Willie Rompedientes pero el cielo sigue ahí y la crisis de la bolsa no es más que otro loco de Londres sin esos gorros que usan las hadas de las peliculas de Marlon Brando.
>No te quedes con lo que sabés que ellos saben, tampoco busques en la heladera< dice Muriel subida a un poste de luz hecho de caramelo y terror. Willie Rompedientes ya por entonces se había recibido de idiota institucional y su perro no era el mismo y tenía forma de teléfono rojo y azul pero no le importaba la luz tenue de su pantalón le respondió a la moza del hospital de Kentucky con mala cara y sin Dios.
>No creas que no siento lo que pensas< dijo el cartero que estaba en la vereda de enfrente y fue tras el proximo avión a Ningúnlado sabiendo que las vias podian doblarse y convertise en odio y alguna filosofía barata de salón de poker y wiskey. No es un chiste, Nietzsche era un galán de primera y sin avión pero con mucho miedo a la oscuridad quería escuchar alguna melodía olvidada de Beethoven sin terminar y sin tocarse aún pero de callejón sin salida al fin.
Muriel no quería verse así misma postrada en la ventana del avión pero no podía evitar caminar sobre las cabezas de los abogados recién matriculados que sostenían las bandejas de plata de la Reina Isabel donde antes cualquier sinverguenza podía andar sin sombrero como Dios lo trajo al infierno pero Willie no podía creer semejante barbarie internacional a la hora de poder tomar un té de hojas del New York Times de 1983, reserva especial y seleccionada a manos mancas y sin levantar la vista de las tetas de Elizabeth Taylor.
Oh Dios!, cuanto tiene que sufrir el mono para poder al fín convertirse en alfíl de ajedrez cubano antes de la revolución y vivan todos los anarquistas de los cereales de bajo costo y los Lucky Strike sin filtro ni tabaco.
>No te quedes con lo que sabés que ellos saben, tampoco busques en la heladera< dice Muriel subida a un poste de luz hecho de caramelo y terror. Willie Rompedientes ya por entonces se había recibido de idiota institucional y su perro no era el mismo y tenía forma de teléfono rojo y azul pero no le importaba la luz tenue de su pantalón le respondió a la moza del hospital de Kentucky con mala cara y sin Dios.
>No creas que no siento lo que pensas< dijo el cartero que estaba en la vereda de enfrente y fue tras el proximo avión a Ningúnlado sabiendo que las vias podian doblarse y convertise en odio y alguna filosofía barata de salón de poker y wiskey. No es un chiste, Nietzsche era un galán de primera y sin avión pero con mucho miedo a la oscuridad quería escuchar alguna melodía olvidada de Beethoven sin terminar y sin tocarse aún pero de callejón sin salida al fin.
Muriel no quería verse así misma postrada en la ventana del avión pero no podía evitar caminar sobre las cabezas de los abogados recién matriculados que sostenían las bandejas de plata de la Reina Isabel donde antes cualquier sinverguenza podía andar sin sombrero como Dios lo trajo al infierno pero Willie no podía creer semejante barbarie internacional a la hora de poder tomar un té de hojas del New York Times de 1983, reserva especial y seleccionada a manos mancas y sin levantar la vista de las tetas de Elizabeth Taylor.
Oh Dios!, cuanto tiene que sufrir el mono para poder al fín convertirse en alfíl de ajedrez cubano antes de la revolución y vivan todos los anarquistas de los cereales de bajo costo y los Lucky Strike sin filtro ni tabaco.
lunes, 31 de enero de 2011
Give it to me, I'll keep with mine
Debe ser común pensar que en el momento en que comienza a llover, todos los pájaros se reunen en sus nidos en busca de resguardo. Hace un momento descubrí a uno reposando sobre las instalaciones eléctricas que enfrentan a mi balcón. No estaba herido, ni enfermo, supongo que sólo estaba solo.
Jaja, es un sentimiento común estos dias este, bah, eso noté. Por eso, este texto no va a salir de la simple función de catarsis habitual.
Curiosa es la mente, que infiere en nosotros ese sentimiento de soledad sin importar quién tengamos al lado, intentando ocupar un lugar físicamente inexistente. Digo físicamente por el simple hecho de que, en efecto, ninguna persona puede en realidad estar dentro de nuestro corazón, ni dejarnos un hueco allí. Las fibras y los músculos del mismo se quedan ahí, no son afectadas.
Entonces, volviendo a nuestra mente, ¿por qué sentimos un hueco literal ahí?, nada en nosotros cambio a nivel corporal, biológico, físico. Sin embargo, el hueco está.
(si, hace varios textos que estoy bastante emocional al respecto, a los que se atrevieron y les dieron ganas de continuar leyendo hasta aquí, disculpen las molestias)
Hace unos años, compartiendo un auto con amigos, la radio sintonizaba una estación de segunda linea, típico en vehículos de este estilo.
El conductor mostraba las facciones desgastadas por la edad, el sueño y el oficio. Esta imagen se vio proyectada con precisión quirúrgica en la estación de radio. En esta, una mujer de voz nocturna y melancólica, relataba con incomparable pasión y anhelo historias de corazones rotos, desengaños y aventuras.
No presté atención en primera instancia a sus palabras, tampoco conversaba con mis compañeros. Se impuso el silencio.
Fue ahí cuando ésta mujer comenzó un nuevo relato, que resultó muy atrapante... una pequeña idea del mismo:
Un anciano demacrado yacía en una silla, en el pequeño pueblo donde vivía. Su corazón estaba deformado, no poética, sino literalmente. Parecía un collage de carne y tejido. Los pedazos permanecían unidos con cierta dificultad.
Al escuchar una muchedumbre a las afueras de su jardín delantero, se levantó con dificultad de su silla, y decidió salir a ver.
La gente estaba hablando entre sí, formando un círculo alrededor de un joven muchacho, de no más de 16 años, que mostraba su corazón inundado de orgullo. Éste era perfecto, por donde se lo mire, simétrico y funcional, fuerte aún. El anciano, confundido por la situación, resuelve acercarse al joven generando un pequeño diálogo:
- Por qué tanta agitación joven?
- ¿No lo ve hombre?, mi corazón es perfecto, invaluable e inmaculado. - Dijo el chico, revosando de alegría.
- Muchacho, eso no debería ser motivo de otra sentimiento más que ansias.
- ¿A qué se refiere con eso?
- Echa un vistazo al mio, jovencito, y te explicaré.
El anciano abrió su chaleco, subió su camisa a la altura del mentón, y dejó al descubierto su imperfecto corazón.
- Cada parte faltante de mi corazón, está formando parte de otro corazón en este momento. Cada ocasión en la que yo amé, dejé parte del mio, y recibí otra porción a cambio. Es la dolorosa sensación de amar, el sentimiento de arrancar trozos de nuestro corazón sin pensarlo, y dar parte a esa persona, mientras que ella nos brinda parte del suyo. Es por eso que mi corazón está tan dañado. Son los años...eso es amar.
El chico entendió de inmediato a qué se refería este hombre. Su expresión de orgullo tomó rápidamente forma de vergüenza, pero no perdió su sonrisa.
- Bien, se me ha ocurrido una idea - Dijo el joven aún sonriente.
Subió su camisa a la altura de sus hombros, y dejó al descubierto ahora él, su perfecto e inmaculado corazón. Arrancó un trozo con su mano izquierda, y se lo entregó al anciano. Este, con los ojos perdidos en lágrimas, tomó el poco resto de corazón propio que quedaba, y se lo entregó al joven.
El corazón del joven dejó de ser perfecto, ahora tenía pegado un trozo viejo y magullado, pero fue entonces cuando se dio cuenta que no importaba cuantas batallas el corazón puede evitar, sino cuantas podía aguantar.
No presté atención en primera instancia a sus palabras, tampoco conversaba con mis compañeros. Se impuso el silencio.
Fue ahí cuando ésta mujer comenzó un nuevo relato, que resultó muy atrapante... una pequeña idea del mismo:
Un anciano demacrado yacía en una silla, en el pequeño pueblo donde vivía. Su corazón estaba deformado, no poética, sino literalmente. Parecía un collage de carne y tejido. Los pedazos permanecían unidos con cierta dificultad.
Al escuchar una muchedumbre a las afueras de su jardín delantero, se levantó con dificultad de su silla, y decidió salir a ver.
La gente estaba hablando entre sí, formando un círculo alrededor de un joven muchacho, de no más de 16 años, que mostraba su corazón inundado de orgullo. Éste era perfecto, por donde se lo mire, simétrico y funcional, fuerte aún. El anciano, confundido por la situación, resuelve acercarse al joven generando un pequeño diálogo:
- Por qué tanta agitación joven?
- ¿No lo ve hombre?, mi corazón es perfecto, invaluable e inmaculado. - Dijo el chico, revosando de alegría.
- Muchacho, eso no debería ser motivo de otra sentimiento más que ansias.
- ¿A qué se refiere con eso?
- Echa un vistazo al mio, jovencito, y te explicaré.
El anciano abrió su chaleco, subió su camisa a la altura del mentón, y dejó al descubierto su imperfecto corazón.
- Cada parte faltante de mi corazón, está formando parte de otro corazón en este momento. Cada ocasión en la que yo amé, dejé parte del mio, y recibí otra porción a cambio. Es la dolorosa sensación de amar, el sentimiento de arrancar trozos de nuestro corazón sin pensarlo, y dar parte a esa persona, mientras que ella nos brinda parte del suyo. Es por eso que mi corazón está tan dañado. Son los años...eso es amar.
El chico entendió de inmediato a qué se refería este hombre. Su expresión de orgullo tomó rápidamente forma de vergüenza, pero no perdió su sonrisa.
- Bien, se me ha ocurrido una idea - Dijo el joven aún sonriente.
Subió su camisa a la altura de sus hombros, y dejó al descubierto ahora él, su perfecto e inmaculado corazón. Arrancó un trozo con su mano izquierda, y se lo entregó al anciano. Este, con los ojos perdidos en lágrimas, tomó el poco resto de corazón propio que quedaba, y se lo entregó al joven.
El corazón del joven dejó de ser perfecto, ahora tenía pegado un trozo viejo y magullado, pero fue entonces cuando se dio cuenta que no importaba cuantas batallas el corazón puede evitar, sino cuantas podía aguantar.
Y nada, eso.
miércoles, 26 de enero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
Virtual Insanity.
Es raro que mi cuerpo acceda quedarse conmigo, después de tanto maltrato. Pasé este último tiempo torturándolo, implementando desde cigarrillos hasta pensamientos.
No sé qué imagen sería más cruel. Un cuerpo magullado y consumido, o la penosa esencia de alguien a oscuras. Desnuda y en libertad condicional.
Creí imposible el hecho de que los pensamientos de uno logren sugestionar la mayoría de sus aspectos. Supongo que me dejé llevar.
Sorprende la debilidad del que se entrega entero a alguien, sumergiéndose en un hábitat virtual. Se me antoja una galaxia, dónde el sujeto de entrega se convierte en el centro gravitatorio más poderoso, consiguiendo que todo gire a su alrededor. El hecho de que se proponga o no este resultado no tiene relevancia... si vamos al caso, no creo que al Sol le simpatice la idea de tener todos esos planetas, estrellas y nebulosas perezosas en su órbita. Esta decisión estuvo por encima de su criterio, por encima de él. El Sol está sujeto a leyes superiores, que ni él, ni nadie pueden comprender.
Bien, me fui por las ramas. Volvamos a nuestra órbita. Como dije, el campo gravitatorio del sujeto condena nuestro ser a girar entorno a él de manera enferma. Junto con nosotros, gira nuestro alrededor.
Ahora bien, la manera de escapar a este trastornado martirio, es ser ingrávidos. Conseguir esta condición conlleva un trabajo y esfuerzo de dificultades abismales. La idea se basa en poder salir del hábitat de la entrega, posicionarnos como posible objeto contragravitacional. Actuar en momento y con los cojones que se ameriten. Ejecutar la ley de la selva. Poder elegir.
Ahora mismo, todo gira entorno al sujeto de entrega. De vez en cuando entra en mi órbita algún mensaje de seres con ideas frescas. No saturadas de pensamientos y sentimientos. Imparciales. Racionales.
No sé qué imagen sería más cruel. Un cuerpo magullado y consumido, o la penosa esencia de alguien a oscuras. Desnuda y en libertad condicional.
Creí imposible el hecho de que los pensamientos de uno logren sugestionar la mayoría de sus aspectos. Supongo que me dejé llevar.
Sorprende la debilidad del que se entrega entero a alguien, sumergiéndose en un hábitat virtual. Se me antoja una galaxia, dónde el sujeto de entrega se convierte en el centro gravitatorio más poderoso, consiguiendo que todo gire a su alrededor. El hecho de que se proponga o no este resultado no tiene relevancia... si vamos al caso, no creo que al Sol le simpatice la idea de tener todos esos planetas, estrellas y nebulosas perezosas en su órbita. Esta decisión estuvo por encima de su criterio, por encima de él. El Sol está sujeto a leyes superiores, que ni él, ni nadie pueden comprender.
Bien, me fui por las ramas. Volvamos a nuestra órbita. Como dije, el campo gravitatorio del sujeto condena nuestro ser a girar entorno a él de manera enferma. Junto con nosotros, gira nuestro alrededor.
Ahora bien, la manera de escapar a este trastornado martirio, es ser ingrávidos. Conseguir esta condición conlleva un trabajo y esfuerzo de dificultades abismales. La idea se basa en poder salir del hábitat de la entrega, posicionarnos como posible objeto contragravitacional. Actuar en momento y con los cojones que se ameriten. Ejecutar la ley de la selva. Poder elegir.
Ahora mismo, todo gira entorno al sujeto de entrega. De vez en cuando entra en mi órbita algún mensaje de seres con ideas frescas. No saturadas de pensamientos y sentimientos. Imparciales. Racionales.
Por ahora, sigo en cero y girando.
martes, 18 de enero de 2011
Blowin' in the wind
Lo último que quería está pasando, no tenía en mente que te filtres en mis sueños. Suficiente trabajo es tratar de mantenerte lejos de mis pensamientos durante el día, tarea que, debo admitir, hago terriblemente.
Una sensación de intranquilidad reposa sobre mi pecho ahora, luego de salir de uno de estos sueños. Puede que la noche no ayude en lo más mínimo. Menos estímulos hacen que la mente trabaje más tranquila, en silencio, dándole así mayor jerarquía a los pensamientos que nos aflijen. Como sacarle filo a eso que se nos clava más y más adentro.
Me gustaría haber podido disfrutar almuerzos junto a Sigmund, pudiendo así resolver los misterios de la base de datos fantasma a la que llamó inconsciente.
No recuerdo dónde escuché una frase que encaja perfectamente a esto: "no hay peor enemigo que el que no se puede ver".
Estás palabras no osan tener siquiera las intenciones de llamarte enemigo, pero da a entender el punto que quiero marcar.
A todo lo anterior, puedo sumarle el vacío general que me generó terminar el libro que leía. Revivir experiencias pasadas, personificadas por más de un personaje, de una dupla, logró captar toda mi atención.
Gracias.
Una sensación de intranquilidad reposa sobre mi pecho ahora, luego de salir de uno de estos sueños. Puede que la noche no ayude en lo más mínimo. Menos estímulos hacen que la mente trabaje más tranquila, en silencio, dándole así mayor jerarquía a los pensamientos que nos aflijen. Como sacarle filo a eso que se nos clava más y más adentro.
Me gustaría haber podido disfrutar almuerzos junto a Sigmund, pudiendo así resolver los misterios de la base de datos fantasma a la que llamó inconsciente.
No recuerdo dónde escuché una frase que encaja perfectamente a esto: "no hay peor enemigo que el que no se puede ver".
Estás palabras no osan tener siquiera las intenciones de llamarte enemigo, pero da a entender el punto que quiero marcar.
A todo lo anterior, puedo sumarle el vacío general que me generó terminar el libro que leía. Revivir experiencias pasadas, personificadas por más de un personaje, de una dupla, logró captar toda mi atención.
Gracias.
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